Apirilaren 26an, OLERKIEN EGUNA ospatuko dugu Bordarin eta denon artean errezitatzeari ekingo diogu. Egun hauetan ekintza honi buruz, informazio gehiago izango duzue.
Eta guzti honekin oso lotuta dagoenez, pasa den astean "XLSemanal"ean Juan Manuel de Pradak idatzitako artikulo bat irakurtzera gonbidatzen zaituztet.
Horrela hasten da:
RECITANDO POEMAS
"Anda en estos días mi hija estudiando algunos poemas que le han encomendado recitar en clase. Cuando me lo dijo me llevé una grata sorpresa, pues daba por hecho que las modernas técnicas pedagógicas habían anatemizado tales ejercicios nemotécnicos; e, inevitablemente, rememoré aquellos días en que, a una edad parecida a la suya, empecé yo también a aprender algunos poemas de memoria... Poemas que me han acompañado siempre, como compañeros del alma, y que todavía acuden a mis labios, en las vicisitudes más diversas, como acuden los suspiros o las risas, con una espontaneidad que parece brotada de los propios genes y no de una lección bien aprendida"Juan Manuel de Prada. "Recitando poemas"
Creo que era Mallarmé quien afirmaba que la misión del poeta era restituir o dar un sentido más puro a las «palabras de la tribu». Y eso es lo que uno siente cuando se tropieza con un poema memorable: siente que esas palabras le pertenecen, de un modo misterioso y ancestral; siente que tales palabras habían permanecido agazapadas en alguna cámara secreta de su vida espiritual y que el poeta no ha hecho sino despertarlas y ponerlas en pie, para que cobren una vida plena. Recitar un poema se convierte, de este modo, en algo que nada tiene que ver con un ejercicio nemotécnico. Es como dar voz a sentimientos dormidos que pugnaban por encontrar su cauce natural de salida: los versos enuncian una verdad que había permanecido sepultada hasta entonces; y, al recitarlos, algo se remueve dentro de nosotros. Son un agua a la vez lustral y motriz: nos lavan por dentro y, a la vez, ponen en movimiento turbinas de escondida energía que iluminan nuestra casa interior, ayudándonos a reconocer aposentos que hasta entonces creíamos tapiados o inhóspitos. Lo que nos encontramos en tales aposentos no siempre nos gusta: a veces son anhelos de una vida más plena que nos hace odiar la vida de rutinas y envilecimientos que arrastramos; a veces son temores, zozobras, frustraciones que hasta entonces solo habíamos experimentado de modo inconcreto y que, al conjuro de los versos, cobran una nitidez amedrentadora. Pero incluso entonces sentimos que el poema ha ensanchado las costuras del encorsetado traje que vestíamos; sentimos que respiramos a pleno pulmón, allá donde antes respirábamos entre síntomas de asfixia.
Luego,
poco a poco, el poema se funde con nuestra propia sangre: las palabras
que al principio recitábamos con atolondramiento o extrañeza, como
resistiéndonos a decir lo que hasta entonces habíamos ocultado, nos
instilan su ritmo, su música callada, su palpitación trémula; y pronto
tales palabras se convierten en algo tan natural como los latidos de
nuestro corazón. Un idioma no es tan solo un conjunto más o menos vasto
de palabras organizadas según tales o cuales reglas gramaticales o
sintácticas; un idioma cuando es propio es una función fisiológica que
determina nuestro modo de ser y estar en el mundo, porque las palabras
no son tan solo instrumentos para designar las cosas, sino células que
nos constituyen. Y el poema que hemos aprendido de memoria cobra
entonces vida dentro de nosotros. Poco a poco, vamos descubriendo que lo
podemos recitar de muy diversos modos: podemos recitarlo con recatada
pesadumbre; podemos recitarlo con vehemencia y exultación; podemos
recitarlo con herida melancolía; y también con ardorosa ira. Un mismo
poema, puesto en nuestros labios, puede ser una súplica y una alabanza,
una caricia y un zarpazo, puede ser radiante como el sol y negro como el
betún, sin cambiar ni un ápice sus palabras, porque esas palabras, que
son siempre las mismas, pueden significar cosas muy diversas: en esas
palabras está nuestra alma; pero en nuestra alma siempre suena una
música distinta. Todos hemos advertido que un mismo poema, recitado
sucesivamente por dos personas distintas, suena renovado; pero resulta
todavía más admirable comprobar que un mismo poema, recitado por la
misma persona en momentos sucesivos, suena más renovado aún. Porque cada
uno de nosotros somos eternamente nuevos; y solo las palabras con las
que están entretejidos los grandes poemas son capaces de registrar esa
eterna, incesante novedad.
Mientras recito con mi hija poemas que yo también aprendí en la remota infancia, descubro que a través de esas palabras aventadas estamos haciéndonos las confidencias más sinceras y difíciles; estamos entablando un coloquio de almas que se deciden a abrir las puertas de su casa y descubren que el gozo de la hospitalidad no termina nunca.
Mientras recito con mi hija poemas que yo también aprendí en la remota infancia, descubro que a través de esas palabras aventadas estamos haciéndonos las confidencias más sinceras y difíciles; estamos entablando un coloquio de almas que se deciden a abrir las puertas de su casa y descubren que el gozo de la hospitalidad no termina nunca.
Fuente: XLSemanal. 27-02-13

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